domingo, 13 de mayo de 2012
La monstruosidad de lo bello.
El altillo está oscuro, silencioso, practicamente en tinieblas. Miro a los costados, prendo un cigarrillo en la oscuridad, exhalo el humo y me siento en la cama. Y ahí se ve otra sombra, otro fuego de otro Philip Morris que se consume, otro humo se dispersa en el oxígeno del aire, otro cuerpo se asienta sobre la cama, ahí está él, callado. Como un monstruo que te lleva a su cueva, como un pez que en la red me atrapa entre sus brazos y me recuesta en su lecho. En el aire se concentra ese calor bestialmente humano, este ser enormemente atrapante me ha convertido con un beso en una bestia pequeña, en un pequeño monstruo, en parte de su propio ser. Juego macabro, se enciende la piel como una antorcha y mis reflejos ya no responden, de a poco voy sintiendo cómo dejo de ser yo, como ya no respondo a mi nombre, como lo único que diviso es ese cuerpo debajo mío y ese rostro monstruosamente bello que empeña sus fuerzas en asemejar sus instintos a los míos. Un juego sucio, pero que me hipnotizaba, ya era salvaje, pero libre. Ese ser había logrado su cometido, no tenía en sí dominio de mí misma, quedé aferrada a esos cabellos castaños, a esos dos metros de estatura, a ese juego. Me levanté, miré el reloj, él ya no podía respirar, estaba dormido. Me quedé contemplando la oscuridad, su silueta desprolija, también como me he ido de mí, y sigo admirando la monstruosidad de lo bello de ese ser, que me tendrá en cautiverio para seguir cumpliendo su cometido.
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